16 de septiembre de 2006

Anacronismo (Io voglio...)

Encantarme de nuevo en tus ojos de serpiente.
Tu camiseta de Batman.

Que los 100 metros hasta mi casa sigan pareciéndote demasiados.

El albornoz blanco que se perdió en el traslado.
Discutir la noche entera sobre el spleen, ahora que ya no lo siento.
Que te pongas mis pantalones negros cuando llegas empapado por la lluvia.
Tus quesitos de Edam en mi estante de la nevera.
Ver como te quedas dormido en el autobús (de vuelta).

Que me beses en el puente de la contrada.
Colgar tu calendario en mi pared.
Regalarte el libro que compré el otro día.

Hacerte el amor escuchando a Tom Waits.
Incluso que me lo hagas tú oyendo a Brel.
-aunque la música sobre-

Que aquello...quede en un simple simulacro



Tom Waits (Hold on)

10 de septiembre de 2006

De silencios

Nunca aprendí a dejar mensajes en los contestadores...

(casi)
nunca obtuve respuesta.




Sí, digamos de mí
que al menos estoy en mi insano juicio.
Sentado aquí, perdido en mi vida.
Sentado aquí y aún huyéndome.

Sí, querrás convenir
en que esto no puede ser llamado vida.
Me muevo de la cama a la cocina
y en el camino me vuelvo a perder.

Pude no hacerlo bien,
pude hacerlo peor,
pero aún golpea mis sienes
tu mensaje en el contestador
preguntando por qué no estaba yo
donde tenía que estar,
qué era aquello tan bueno
que me hizo olvidarme de ti.
¿Era en verdad aquello algo tan bueno?
¿Era en verdad aquello algo mejor?

Hoy procura dormir
y te prometo que yo
llegaré hasta allí
con los primeros rayos del sol
y no te despertaré,
querré contemplar tu sueño profundo
y así comprobar que por una vez
está en calma el mundo.
Y por una vez que encuentre al mundo en calma.
Por una vez que encuentre al mundo en calma.


Nacho Vegas( El mundo en calma)

6 de septiembre de 2006

En tercera persona II: La chica triste que te hacía reír















Sería fácil imaginar la misma escena en distintos lugares, distintos tiempos.
Podría pensar que aquello no era un bar atestado del centro.
Verse en la interestatal 41, en el bar del Km. 82, en las mesas de formica y la camarera mascando chicle tras la jarra de café.
Ella sería, sin duda, una jovenzuela andrógina, de pelo corto y lengua afilada. Sin rizos rojizos ni ese (nuevo) destello vulnerable en los ojos.
Él sería Kerouac y fumarían juntos antes de despedirse. Nunca un eterno post-adolescente disfrazado de filósofo, buscando excusas inexistentes.
Pero el siglo había cambiado, Barcelona era la ciudad de(l) diseño y el amor era algo obsoleto entre personas inteligentes.
Aunque, mirándola bien, le pareciera algo estúpido.


Aunque no la quisieras, ni ella a ti, teníais sed siempre a la vez, en los mismos lugares en los bares”
(Enrique Bunbury, La chica triste que te hacía reír)